1. los lamentos: 

El día en el que Sophie cumplió 9 años, sus padres le regalaron un cachorro llamado Rocky. Era un pastor alemán muy cariñoso y juguetón que enseguida cautivó a la pequeña. Sus padres siempre estaban muy ocupados con sus compromisos sociales y la única compañía de Sophie eran los sirvientes que trabajaban en la enorme mansión.


Sin embargo, todo cambió con la llegada de Rocky. Niña y perro se hicieron inseparables. Rocky creció rápidamente y se convirtió en el guardián más fiel, por lo que Sophie se sentía a salvo junto a él.

El perro dormía junto a la cama de la pequeña, sobre la alfombra. Cuando ella despertaba agitada debido a una pesadilla (lo que, por desgracia, solía suceder a menudo) alargaba su brazo y buscaba el cuerpo de Rocky con la mano. Él la lamía con cariño y Sophie se tranquilizaba de inmediato.

Así transcurrieron las cosas hasta que, una noche, la niña despertó gritando tras sufrir una pesadilla particularmente intensa. Escuchó que Rocky gruñía y sacó el brazo de debajo de las sábanas. En unos instantes sintió los lametones sobre su piel, que se prolongaron durante muchos minutos, y concilió de nuevo el sueño.

Por la mañana, cuando encendió la luz tras despertarse, contempló un espectáculo dantesco: Rocky estaba encima de un charco de sangre. Su cabeza colgaba, prácticamente seccionada, y sus tripas cubrían la alfombra. En la pared, junto a la cama, estaba escrito con sangre: “No solo los perros lamen”.

Una criada encontró a Sophie aovillada en un rincón de la habitación. Se restregaba las manos desquiciada y repetía: “¿Quién lamió mi mano?”.

Poco después la encerraron en un sanatorio.

2. Kuchisake-onna (la mujer de la boca cortada):

El profesor de matemáticas les había puesto un examen sorpresa a última hora y las clases habían terminado más tarde de lo habitual. Las sombras ya cubrían las calles de Tokio cuando las gemelas Sakura y Keiko emprendieron el regreso a casa.


Iban hablando animadamente y, apenas sin pensarlo, torcieron por una calle angosta para acortar el trayecto. Ya habían avanzado algunos metros cuando repararon en la escasa iluminación del lugar y en que eran las únicas transeúntes.

De improviso, una mujer salió de entre las sombras de un portal y empezó a andar hacia ellas. La desconocida lucía una larga cabellera negra, un abrigo oscuro y la mitad inferior de su rostro estaba cubierta por una mascarilla quirúrgica. Esto último no inquietó a Sakura y Keiko, pues muchos japoneses habitualmente optaban por usar mascarillas para evitar resfriados y otras enfermedades.

La mujer se detuvo ante ellas y preguntó: “¿Soy hermosa?”. Las chicas sonrieron con alivio al considerar que la desconocida era inofensiva y Sakura se adelantó para responder: “Sí”.

Entonces se quitó la mascarilla, dejando a la vista las horribles heridas que partían de la comisura de su boca y que la transformaban en una macabra sonrisa de oreja a oreja. “¿Y ahora?”, preguntó de nuevo.

Sakura gritó horrorizada mientras Keiko permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar.

Con un rápido movimiento, la desconocida extrajo unas grandes y afiladas tijeras de debajo de su abrigo y abrió la garganta de Sakura. La sangre que brotó a borbotones salpicó a Keiko, que al fin reaccionó y empezó a correr en dirección contraria.

Pero aquella mujer se materializó frente a ella. Y volvió a hacerlo cada vez que Keiko intentaba evitarla y escapar. “¿Soy hermosa?”, preguntaba el yokai (espíritu demoníaco) cuando se le aparecía delante.

Desesperada, Keiko decidió contestarle afirmativamente. El espectro le dedicó entonces la sonrisa más macabra y cortó la cara de la chica, dibujando en su carne una mueca sangrienta que era igual a la suya.

3. la leyenda de la llorona:

Luisa era una hermosa mexicana de origen indígena. Muchos hombres suspiraban por acariciar su aterciopelada piel blanca, enredar sus cabellos rizados y oscuros como la noche y besar sus labios de fresa, pero ella rechazaba a todos los pretendientes.

No obstante, un caballero español de la alta sociedad, Don Nuño de Montes-Claros, consiguió conquistar su corazón. Él le explicó que, debido a la diferencia de clases, no era posible formalizar su relación, por eso escaparon juntos y se instalaron en una casita en un lugar apartado.

Durante seis años Luisa vivió allí y Don Nuño la visitaba regularmente. Tuvieron tres hijos con los cabellos rubios y rizados. Transcurrido ese tiempo, las visitas del caballero empezaron a escasear y Luisa cayó en una depresión.

Una noche, decidió seguir el carruaje de Don Nuño. El vehículo se detuvo ante una lujosa mansión donde se celebraba una gran fiesta. Luisa preguntó al lacayo que estaba en la puerta y este le dijo: “Se está festejando la boda de Don Nuño”. Luego, a través de una ventana, ella misma contempló a la feliz pareja mientras se besaban.

Enloquecida, corrió de vuelta a su casita y apuñaló a sus tres hijos. Después se dirigió al río con un manto ensangrentado y, al reparar en lo que había hecho, gritó: “¡Ay, mis hijos!”. Se arrojó a las aguas y se convirtió en un mito.

Desde entonces, muchos aseguran haber visto a La Llorona deambulando por los parques y las calles de Ciudad de México. El espectro se lamenta eternamente por la muerte de sus hijos emitiendo un grito escalofriante: “¡Ay, mis hijos!”.